La incursión al interior del universo de las emo bands -con el objetivo de salir aunque sea con una definición más o menos establecida de este nuevo sub-género nacido del punk- fracasó estrepitosamente. Rimmel, punk, juventud, depresión, muerte y esmalte negro fueron algunos de los conceptos vagos y pistas sueltas que quedaron de la investigación por el ciberespacio. Sin embargo, parece haber un factor común que nuclea a los integrantes de estas bandas: el excesivo pesimismo. Y eso que tan solo tienen 20 años.
Ni la fama y los millones que consiguieron con su antecesor, Three cheers for sweet revenge, han logrado pervertir el marchitado corazoncito de los integrantes de My Chemical Romance. Respetando aquel viejo axioma rockero que postula que los mejores discos son concebidos bajo estados anímicos horribles, el quinteto conducido por Gerard Way recarga la dosis de negatividad y apocalipsis para su tercera placa: una vez más, sufrimiento, muerte, decepción, soledad y desesperación son los tópicos que dan vida (¿?) a The black parade.
Y a pesar de lo poco tentador que puede resultar a primera vista un álbum conceptual cuyo hilo conductor es la muerte, MCR redobla la apuesta de punk-pop-gótico-heavy para este nuevo emprendimiento. Con la ayudita de Rob Cavallo (mismo productor asociado a Green Day para su opera punk American idiot), el quinteto de New Jersey sale a la cancha con su disco más ambicioso hasta la fecha en donde atraviesa hardcore punk épico y géneros variados con toda la teatralidad heredada de Queen, David Bowie y Pink Floyd.
Así que aquí hay para todos los gustos: piezas de punk tradicional ("Dead!"), pseudo baladas ("I don't love you", y la desgarradora "Cancer"), aplanadora punk-rock ("Welcome to the black parade"), rabia hardcore-heavy ("This Is How I Disappear"), diversión ("Mama", con Liza Minelli invitada haciendo un graznido casi imperceptible) y hasta un homenaje a ¡Motley Crue! en "Teenegers". Feroz, emotivo, multifacético. MCR lo hizo de nuevo, pero mejor aún.
Jesica Rosenberg