Este año no fue uno más en lo que a visitas internacionales concierne: en el primer semestre vinieron, entre otros, nada menos que los Rolling Stones, U2 y Oasis. Sin embargo, la convocatoria de estas leyendas del rock angloparlante fue casi empardada por un humilde trovador que, en algún momento de su carrera, supo empuñar su guitarra en la calle Florida para ganarse la vida: el guatemalteco Ricardo Arjona. Hagamos cuentas: dos estadios de River llenos como los que hicieron Stones y U2 equivalen a 120 mil espectadores. La capacidad del Luna Park es de unas 8 mil personas, y Arjona ya lleva 14 funciones programadas, lo que nos da un total aproximado de 110 mil fans agolpados en el Palacio de los Deportes. Si a eso le sumamos los ocho Gran Rex de Joaquín Sabina en abril (con entradas agotadas en cuestión de horas), los nueve shows en el mismo teatro de Joan Manuel Serrat (en noviembre de 2005), los siete de Ismael Serrano en idéntico escenario (agosto de 2005) y los cuatro Luna de Silvio Rodríguez en su última visita (abril de 2005), queda claro que estamos ante un fenómeno: el público argentino adora a los cantautores latinos.
Ante una tendencia tan marcada, cabe preguntarse qué tienen los cantautores para seducir a la audiencia nacional, la cual -pese a que siempre tuvo cierto apego hacia quienes componen sus propios temas- solía preferir a intérpretes que se destacaban más por su performance vocal y su carisma en el escenario que por su personalidad, como Julio Iglesias, Dyango o, más acá en el tiempo, Luis Miguel. Intentando esbozar una explicación, podríamos conjeturar que quienes pagan su entrada para ver a estos artistas -mayormente mujeres de más de 30 años- disfrutan de las canciones de amor, pero son más exigentes que el público juvenil y no se sienten cómodos con los clichés con los que se aborda esta temática en buena parte de la música latina actual. Por eso aprecian especialmente que se expresen los sentimientos desde la metáfora, tratando de evadir el lugar común y hablando de un amor no tan de "cuento de hadas", sino más anclado en la realidad cotidiana. En otros casos, como podrían ser los de Silvio Rodríguez e Ismael Serrano, también influye la temática social de sus letras.
Con este tipo de artistas se da una paradoja: sus canciones son acústicas, confesionales, especialmente concebidas para ser interpretadas en pequeños auditorios que le permitan al espectador entrar en contacto con la sensación de intimidad que propone el autor. Sin embargo, la creciente convocatoria de estos músicos y demás los pone cada día más en la obligación de tocar en grandes estadios. De hecho, Joaquín prometió volver a fin de año para dar un show masivo en la Bombonera. Cada uno sabrá hasta que punto querrá resignar clima en pos de satisfacer a los fans y, claro está, embolsar unos pesos extra.
Más allá de los miles de espectadores que Arjona, Sabina, el "Nano", Silvio o Serrano congreguen en cada una de sus visitas, su popularidad en nuestro país puede ser medida cada fin de semana, aún cuando estén del otro lado del mundo. Ese termómetro son los cada vez más comunes "tributos", consistentes en músicos que versionan sus canciones en pequeños bares, generalmente acompañados sólo por una guitarra acústica. Los hay de calidad diversa, yendo del clon casi exacto al caradura sin remedio. No obstante, desde su humilde lugar, buenos y malos tienen influencia sobre la leyenda: por un lado, amenizan la espera y calman la ansiedad por ver a los originales; por otro, mantienen vivo el interés y, en definitiva, terminan llenando más butacas.
Diego Mancusi
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