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“La luz del ritmo” – Los Fabulosos Cadillacs

Reggae, punky, party, rebelde… y divertido.

Antes que nada… ¿de qué hablamos cuando hablamos de Los Fabulosos Cadillacs? Porque, como todos sabemos, estamos ante un grupo que se inició como una versión local de Madness (un poco más rústico, quizás), para luego latinizarse (a veces demasiado… ¿recuerdan “Sopa de caracol”?) y finalmente encarar, más que nada en sus dos últimos trabajos de estudio, una exploración sonora que le valió el reconocimiento de propios y ajenos.
 
Ahora, en tiempo de regreso, la cuestión es ver con qué Cadillacs nos encontramos. Y la respuesta, basándonos en este trabajo con cinco temas nuevos, seis reversiones de canciones propias y dos covers, es… con una mezcla de todos ellos.
 
A decir verdad, la faceta menos presente en La luz del ritmo es la experimental, lo cual deja a las claras que con la ausencia de Ariel Minimal se pierde mucho más que un guitarrista. Lo que más se escucha es una banda afianzada en lo instrumental, con un desempeño impecable de cada una de sus partes, consciente de su status de ícono del rock “alterlatino” de los ’90 y deseosa de mantener firmemente su identidad sin llegar a repetirse o convertirse en un tributo de sí mismo.
 
Primero lo nuevo. “La luz del ritmo” es una tromba latina con percusiones y bronces masivos. “Flores” toma el sentimiento hooligan y los estribillos contundentes de sus inicios y los barniza con su esmalte noventoso, logrando meterse a las piñas en el inconsciente del oyente para ser coreada hasta el hartazgo. “Nosotros egoístas” es un sentido pero alegre homenaje a Gerardo “Toto” Rotblat, recientemente fallecido. “Hoy” es un bolerazo dulzón made in Vicentico. Y en “El fin del amor”, un sabor de fondo surfer y un certero ataque de caños evita que la melodía lleve el combo a terrenos románticos.
 
De los viejos remozados, es inevitable la referencia a “Padre nuestro”, tema reconvertido en cumbia villera (con todo y Pablo Lezcano de Damas Gratis en los teclados) que de todos modos –de más está decirlo– logra evadir la precariedad inherente al género. Y en cuanto a los covers, el disco-dub le sienta maravillosamente a “Wake up and make love with me” de Ian Dury, mucho más áspera en su encarnación original.
 
En conclusión, LFC no se están reinventando en La luz del ritmo, pero mucho menos están lucrando descaradamente con el resplandor residual de sus épocas más brillantes. Desparejo pero pegadizo a fin de cuentas, este regreso discográfico es útil para dejar perfectamente en claro el objetivo final del operativo retorno: que todos, tanto arriba como abajo del escenario, nos divirtamos a rabiar.
 
Diego Mancusi
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